Soy Olga

Después de esperar siete meses a que me llegara mi nuevo DNI, el cartero llegó a mi puerta justo cuando estaba de viaje. Dos días después no fue mucho tiempo más para esperar encontrarme con la credencial celeste que me devolvía a la vida ciudadana.

El viejo documento color verde militar ya había pasado dos veces por el lavarropas y todas las votaciones de mi vida. Con tantos equívocos, más no le podía pedir. Encima, en la renovación de los 16 años, para ahorrarme la foto blanco y negro, puse una que me saqué a los 14 para hacerme socio de la biblioteca. Estaba igualito. Así que anduve casi hasta los 40 con una foto de 26 años atrás. Ya tampoco daba más para eso. 


El papelito impreso en violeta me decía que ni se me ocurriera pasar a buscar el nuevo DNI si antes no llamaba por teléfono para acordar la entrega. Cuestiones de seguridad. Son muy estrictos con esas medidas, me habían dicho, para evitar darle el documento a cualquiera. 

También me habían comentado de quejas de personas que se sentían mal atendidas en la oficina del correo privado que hace las entregas. Para allanar el camino, me inventé la mejor sonrisa que pude como recién levantado y llamé. Al décimo rrriiiing me atendieron y me dijeron que pasara antes de las 12. El papelito decía que los sábados abren hasta las 12.30, pero no vamos a andar discutiendo de entrada.

Fui a la oficina. "A todos se les ocurrió hacer el DNI nuevo, menos a mí" y que "hoy vinieron como 800 a buscar el documento", comentaban tras la barandilla. Cero opinión de mi parte, dejé que el empleado hiciera su trabajo tranquilo para poder irme pronto con mi nuevo documento.

Firmé y aclaré, ahí y ahí, y salí a cruzar el viento, pero con documento! No pude dar más de 10 pasos sin aguantar abrir el sobre sellado para verme actualizado. La primera impresión, a golpe de vista, fue rara. No me recordaba con la cara tan redondeada y el pelo con esos bucles... Darme cuenta fue una desazón. Mi nuevo documento nacional de identidad decía que me llamaba Olga Ferreyra.

La situación se aclaró rápido. Volví a la oficina, le advertí de la confusión y enseguida buscó en el mismo atado de sobres. Esta vez repasó los rótulos leyendo el apellido completo y no sólo si coincidían las primeras letras. Volví a firmar y aclarar donde debía, mientras preguntaba cómo harían con Olga. "Después lo arreglamos", fue la respuesta.

Camino a casa, pensaba ¿qué podría haber hecho yo con el DNI de otra persona en mi poder? ¿Sacar un préstamo? ¿Abrir una cuenta a su nombre en un comercio? ¿Hacerlo votar en alguna elección? ¿Y si en lugar de tener yo el DNI de Olga, otra persona se hubiera hecho tan fácilmente del mío?
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