La otra forma de hacerlo (*)

La pasión que el Dakar despierta en todos lados tiene como punta del iceberg a los grandes equipos que compiten por la más dura de las coronas del deporte motor. Las marcas mundiales de automotrices apuestan lo mejor de su tecnología y equipos para ser protagonistas del rally. Y también está el público que a lo largo de la carrera le suma su entusiasmo multitudinario por ver pasar esas poderosas máquinas.

Pero entre medio de unos y de otros, existe otro Dakar compuesto por quienes no se contentan con verlo pasar, pero tampoco pueden ser parte del circo mayor. Son los cientos de participantes que se suben a una moto y con muy pocos recursos se enlistan en la categoría Adventure, para ser parte de esta historia a su manera, sin correr contrarreloj ni sujetarse a las reglas de la organización. Si logran completar el recorrido, se debe muchas veces a un esfuerzo casi sobrehumano por las condiciones en las que hacen la travesía.

Una de esas historias es la del villamariense Ariel Guarino, que en una moto Honda XR600R modelo 1994 hizo más de 12 mil kilómetros dando toda la vuelta por el itinerario del Dakar. “Yo lo que quiero es correr la competencia. No lo hago por falta de apoyo. Pero es una forma de ir aprendiendo a aguantar el físico, agarrarle la mano al cansancio y las horas de sueño, saber cómo hidratarse, qué comer”, le contó a Mundo D.

Guarino trabaja ocho horas diarias en un comercio y otras tres en un consultorio de kinesiología. Durante un año se entrenó todas las siestas, mientras preparaba su moto de madrugada, armando la carrocería y el motor.

“Para muchos es una cosa de locos, pero para mí es un gusto. Esfuerzo fue volver a caminar”, dice. Es que si de luchar contra la adversidad se trata, Guarino es su propio ejemplo. En 2002 sufrió una lesión tan grave en su pierna derecha que los médicos le diagnosticaron que “jamás” volvería a caminar. Fue un clásico del rugby local entre San Martín y Jockey Club. Los taklearon, dos jugadores le cayeron encima y su rodilla hizo “palanca” hacia atrás. Según los médicos, la silla de ruedas sería su destino. Pero se juró no sólo que movería su pierna, sino que volvería a jugar. Después de tres operaciones, 5800 sesiones de kinesiología y una voluntad a prueba de todo, lo logró. No sólo volvió a caminar, sino que se dio el gusto de jugar una temporada en el rugby de Italia.

Por eso, preguntarle si en algún momento pensó en abandonar el Dakar por lo duro que es la prueba, es encontrarse como respuesta un imposible. “Eso no entra en mi mente”, dice sin titubear.


La falta de apoyo económico es un condicionante para entrar en la competencia oficial. El año pasado visitó 50 empresas y el municipio local, pero no tuvo respuesta. Pero así como esas puertas no se abrieron, un día tocó el timbre de su casa un cadete que venía a traerle 50 pesos “para ser parte de esto”. Guarino dijo que se le caían las lágrimas. “Este tipo tiene que hacer diez viajes para juntar 50 pesos y me los dejaba a mí”, cuenta emocionado.

Y así fue, que con el aporte de conocidos, barritas de cereal y bebida energizante en la mochila, más una carpa iglú y una bolsa de dormir que llevó un equipo amigo junto a algunos neumáticos y repuestos, cruzó las rutas y los desiertos en esa moto que le habían vendido fundida y embargada, pero que se mantuvo de pie como su mente.

Ya cuenta dos Dakar haciendo lo mismo y la experiencia suma. Tiene 33 años y se siente con resto para llegar alguna vez a se parte de la competencia oficial. “El espíritu es lo que te lleva adelante”, asegura. ¿Alguien duda que pueda lograrlo?


(*) Nota publicada el sábado 22 de enero de 2011 en la revista Mundo D, editada por La Voz del Interior.
Publicar un comentario