Mi visita a la casa del Che

El 14 de junio se cumplieron 82 años del nacimiento de Ernesto Guevara.

En torno a la fecha apareció su rostro reproducido en diversas formas, ocupando el lugar que habitualmente muestra el rostro del titular de una cuenta en la red social Facebook. El avatar Che Guevara como cara, identificación, insignia de estos usuarios de Internet.

La repetición de la imagen me recordó mi primera visita, reciente, a la casa que la familia Guevara poseía en Alta Gracia, hoy convertida en museo-tributo del líder revolucionario.


Allí se puede ver una enorme galería fotográfica, textos de su autoría, recuerdos de los más variados, videos y un largo etcétera. Las habitaciones lo muestran en todas sus dimensiones y pululan los objetos “como los que usaba” el Che. El recorrido lleva tiempo e invita a detenerse en cada pared, cada vitrina para apreciarlo a fondo. Esto si se tiene la suerte que la visita no coincida con la de algún contingente de turistas se mueven como marea desde la entra hasta el patio, pasando por los baños y la cocina.

La sensación con la que me vine es una pregunta a la que le encuentro una primera respuesta que deseo equivocada. Detrás de la popularización de la imagen del Che, ¿está el triunfo del ideario revolucionario o el mercantilismo imperialista?

La cara del Che, tomada de la foto de Alberto Korda y hecha remera, es un ícono que de grito revolucionario que se fue adaptando rápidamente a los códigos de la publicidad del mercado. Se hizo tatuaje, colgante, llavero, estribillo de rock y muletilla de juventud política.

Tal vez hoy sirva mucho para arrimar jóvenes a la imagen y figura de Guevara, quizás otros lleguen hasta su obra y su palabra.

Pero su esencia quedó licuada en una feria de sobreoferta de señuelos a una vida de idearios que rara vez se aplicarán en la vida cotidiana.

El evangelio guevarista no resulta muy adaptable a las costumbres acomodaticias de hoy, salvo para ser bandera de una adolescencia, rebelde ya por naturaleza. ¿Y después qué?

El fondo de la ex casa de los Guevara, en un barrio de la vieja aristocracia de Alta Gracia, es un kiosquito que echa mano al recurso del merchandising para vender la boina con la estrella, el DVD de algún discurso, o una fresca Pepsi, y todo da lo mismo.

Así, uno podrá alimentar su ideario revolucionario con la obra y la historia del Che, o acabar su sed más terrenal bebiendo una burbujeante Coke Ligth, autoservida del estante superior de la heladera, justo debajo del sticker que recuerda al comandante argentino-cubano.


No sólo en la que fuera su casa de la infancia, sino también a pocos metros, en un bar "cubano”, en cuyo ingreso las remeras con la cara del Che ven disputado su espacio con botellas de gaseosas que íconos de lo antípodas. La imagen de Guevara, símbolo del antiimperialismo, hoy se vende por unos pocos pesos entre pepsis y cocacolas.


Qué diría el Guevara que murió en Bolivia, el que dejó su familia en Cuba sin más para entregar la vida en la lucha contra el imperialismo, el que llevó su pelea libertaria hasta África. Qué diría de esa procesión de compradores compulsivos que llegan en tours serranos y pagan por no quedar afuera de la moda al estilo del Che.


¿Es Guevara trepado entre las estrategias del capital? ¿La revolución taladrando como un virus el esqueleto del capitalismo? ¿O es la ideología mercantilista que ya se metió en el corazón de su herencia para volverla un producto comercializable más?
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